No es falta de tiempo, es exceso de ruido

Mano colocando piedras de obsidiana en una vela artesanal como gesto de calma y presencia

No es que no tengamos tiempo.
Es que vivimos en un estado constante de alerta.

El día empieza antes de que el cuerpo despierte del todo. Pensamientos, notificaciones, responsabilidades que se adelantan a nosotros. Incluso cuando todo parece en calma, por dentro seguimos tensos. Como si no fuera seguro aflojar.

Por eso el cansancio no se va durmiendo.
Porque no es solo físico.

Estamos agotados de sostenerlo todo. De responder. De estar disponibles. De no fallar. Y en medio de ese ruido constante, el cuerpo no encuentra un momento claro para parar.

Nadie nos enseñó a identificar el exceso.
Solo a aguantarlo.

A veces no necesitamos más organización ni más fuerza de voluntad. Necesitamos menos estímulos. Menos exigencia. Menos expectativas superpuestas.

El silencio no es vacío.
Es un espacio donde el cuerpo vuelve a sentirse a salvo.

Aprender a bajar el volumen también es una forma de cuidado. Y no siempre es fácil. Porque parar implica escuchar, y escuchar a veces incomoda.

Pero ahí empieza algo distinto.
No una solución inmediata, sino un cambio de ritmo.

Y si hoy no llegas a todo, también está bien.
No significa que estés fallando. Significa que estás sosteniendo más de lo que se ve.

No todo lo importante es visible.
Hay días en los que simplemente seguir adelante ya es suficiente. Días en los que cuidar el cuerpo, bajar el volumen o decir “hasta aquí” también es avanzar.

No siempre se trata de hacerlo mejor.
A veces se trata de hacerlo con más amabilidad.

Parar no es rendirse.
Es dejar de resistir.
Es permitir que el cuerpo vuelva a marcar el paso.

Si lo necesitas, pon un momento la mano sobre tu corazón, siente el latido y respira despacio. Todo está bien ahora.